Te voy a decir algo que lleva tiempo dando vueltas en mi cabeza. Antes de cambiar la educación, antes de probar otro método, otra metodología, otra “innovación”, hay algo que casi nunca nos detenemos a pensar de verdad: qué entendemos por aprender y qué idea tenemos del ser humano. Porque cuando eso no está claro, todo lo demás se vuelve técnica. Y la técnica, por sí sola, no tiene ética.
Y ahí es donde me entra la duda grande: ¿estamos educando para la libertad o simplemente administrando métodos?
Si educas, o si crías, seguro te pasa. Abres redes, lees artículos, escuchas charlas, y todo el mundo parece tener la respuesta definitiva. Montessori, Waldorf, estimulación temprana, aprendizaje por descubrimiento, “aprender haciendo”. Cada enfoque viene con su promesa, su vocabulario propio y su tono de urgencia.
Y claro, llega un punto en que todo ese ruido no solo cansa. Confunde. Confunde a madres y padres que quieren hacerlo bien. Y confunde también a muchos docentes, que sienten que tienen que elegir bando sin entender de forma clara desde dónde están eligiendo. A veces aplicamos cosas porque “funcionan”, porque están de moda o porque alguien con autoridad las recomendó, pero sin tiempo real para pensarlas.
Por eso Conversaciones con mi maestra: Dudas y certezas sobre la educación de Catherine L’Ecuyer me resultó tan incómodo, y tan necesario. No viene a decirte qué método usar. No trae recetas ni soluciones rápidas. Hace algo mucho menos popular: te obliga a parar y pensar. A preguntarte desde qué idea de educación estás actuando antes de intentar cambiar nada. Y lo hace de una forma muy concreta: a través de una conversación.
Un diálogo para pensar la educación
Todo empieza con una sensación de incomodidad que, honestamente, me resulta muy familiar. Matías, estudiante de Educación, siente que algo no le cuadra en cómo se habla de pedagogía. No es que no entienda los discursos. Es que siente que falta algo. Así que busca a Cacilda, su antigua profesora, ya retirada, alguien que ha pasado por la escuela primaria, la filosofía con adolescentes y la universidad.
Lo que sigue no es una clase magistral ni un tratado. Es una conversación larga, paciente, sin prisa. Y eso no es casual. L’Ecuyer recupera algo que hoy parece casi subversivo: pensar juntos a base de preguntas. No acumular técnicas, sino detenerse en los supuestos que damos por hechos. En un momento histórico lleno de certezas gritadas, este gesto, conversar para pensar, es profundamente político.
Educabilidad y libre albedrío
Uno de los temas que atraviesa todo el libro es una pregunta tan simple que incomoda: ¿qué creemos, de verdad, que puede llegar a ser un estudiante?
A partir de ahí, Cacilda va desmontando dos ideas muy extendidas. Una dice que el alumno es completamente moldeable, casi como arcilla. La otra lo idealiza como alguien que lleva todo el conocimiento adentro y solo necesita “florecer”. Aunque parezcan opuestas, ambas llegan al mismo lugar: le quitan al estudiante la posibilidad real de elegir.
Aquí aparece una de las ideas más potentes del libro, apoyada en Aristóteles: el conocimiento no limita la libertad. La hace posible. Porque solo puede elegir quien conoce opciones, consecuencias, criterios. Sin conocimiento, la libertad suena muy bien, pero se queda en una ilusión.
Influencia sin determinismo
En el transcurso de la lectura, la conversación entra en un tema muy actual: hasta qué punto estamos determinados por nuestro entorno. Hay teorías que dicen que todo —decisiones incluidas— es resultado de estímulos y contexto. Matías introduce una diferencia clave que cambia todo el panorama: estar influenciados no es lo mismo que estar determinados.
Esto, dicho así, parece obvio. Pero llevado a la educación, lo cambia todo. Porque sí, influimos. Todo el tiempo. Educar implica influir. La cuestión es si dejamos espacio para que el otro piense, evalúe y decida. Educar no es imponer, pero tampoco desaparecer. Es acompañar sin anular la libertad del otro. Y eso exige mucha más responsabilidad de la que solemos admitir.
Crítica al conductismo
Aquí el libro se vuelve especialmente interesante. La crítica al conductismo —esa lógica de estímulo y respuesta, premios y castigos— no es solo pedagógica. Es humana. Porque no se limita a cómo enseñamos, sino a qué tipo de personas estamos formando. Porque cuando reduces la educación a condicionamiento, lo que estás formando no es pensamiento, es obediencia.
Sí, funciona a corto plazo. Sí, ordena conductas. Pero cuando el refuerzo desaparece, también desaparece la conducta. Sin comprensión, sin sentido, no hay aprendizaje real. Y aquí la pregunta ya no es metodológica, es ética: ¿queremos formar personas que obedezcan o personas que piensen?
Consecuencias sociales y políticas
Y esto no se queda en el aula. Se nota afuera. En la vida pública, en cómo la gente se relaciona con la información, con el poder, con los discursos colectivos. El libro pone sobre la mesa algo muy real en la actualidad: cuando no hay pensamiento propio, el populismo se vive como rebeldía. Se repiten consignas creyendo que se piensa libremente.
La falta de formación intelectual no libera. Nos deja expuestos.
Métodos, asombro y belleza
Me gustó mucho que el libro no cayera en la típica guerra de métodos. En lugar de eso, plantea algo más honesto: muchas veces buscamos respuestas correctas a preguntas mal formuladas. No se trata de elegir entre instrucción directa o experiencia. Ambas son necesarias, dependiendo del momento, del contenido y de la etapa vital.
En la infancia, el cuerpo, el vínculo y la experiencia tienen un peso enorme. Más adelante, una buena clase magistral, bien pensada, bien situada, puede ser profundamente formativa. Aquí aparece también la idea del asombro y la belleza como puertas al conocimiento. No como adornos, sino como algo que prepara la mente para pensar mejor.
Montessori sin caricaturas
L’Ecuyer hace algo que agradezco mucho: rescatar a Montessori sin simplificarla. No como ícono de frases bonitas, sino como pensadora rigurosa. Montessori no rechazaba la instrucción directa. La diseñaba con cuidado. Sus materiales no obligan: invitan a descubrir, incluso a equivocarse. Y ahí la belleza no es estética superficial; es estructura pedagógica.
La urgencia de una cultura científica en educación
Otro punto que me parece clave es su crítica a la falta de cultura científica en la formación docente. Muchas ideas que ya han sido cuestionadas siguen circulando porque no siempre tenemos herramientas para leer estudios, evaluar evidencia o separar datos de entusiasmo pedagógico.
Y no es culpa individual. Es estructural. El sistema premia publicar, no divulgar. El resultado es que muchos docentes se quedan solos frente a discursos que suenan bien, pero no siempre se sostienen.
Lectura situada: una reflexión personal
Leer este libro desde el aula no es lo mismo que leerlo desde la teoría. A mí me interpeló directamente como docente. Conecté mucho con su defensa del conocimiento profundo y con la idea de que pensar bien no es un lujo, sino una condición para la libertad.
Ahora bien, también creo que hay que leerlo con contexto. Yo trabajo en una escuela clásica en Estados Unidos donde lo “clásico” muchas veces se traduce en rigidez, canon cerrado y poco diálogo con la cultura viva. L’Ecuyer escribe desde una tradición clásica y desde la corriente filosófica del realismo europea. Desconozco hasta qué punto allí se trabaja con mayor apertura hacia otros lenguajes culturales o con una lectura más flexible del canon. Eso no invalida el libro, pero sí obliga a no idealizarlo y a pensarlo desde dónde estamos como educadores.
Este libro no es un mapa que te diga por dónde ir. Es una brújula. No te marca el camino, pero te ayuda a no perder el norte.
Conversaciones con mi maestra no intenta convencerte de nada. Te invita a pensar. Y hoy, en un ecosistema educativo lleno de certezas, pensar con calma, con rigor y con ética es casi un acto de resistencia.

